La frecuencia de la cena del Señor en la iglesia primitiva

Uno de los beneficios más grandes de estudiar la historia de la iglesia de los primeros siglos es que ésta puede ayudar a aclarar la enseñanza del Nuevo Testamento. El tema de la frecuencia de la cena del Señor en la iglesia apostólica demuestra este beneficio claramente.

Muchas veces escuchamos que el Nuevo Testamento no establece la frecuencia con que las iglesias deben celebrar la cena del Señor. Por lo tanto, muy pocas iglesias evangélicas celebran la cena semanalmente. Algunas la celebran una vez al mes; otras, menos; y otras, casi nunca. Pero un estudio de la literatura patrística de los dos primeros siglos deja en claro de que las iglesias que los apóstoles fundaron celebraban la cena del Señor por lo menos cada domingo.

El mismo Nuevo Testamento sugiere esto en Hechos 20:7: «El primer día de la semana [es decir, el domingo], reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba» (RV60). De manera similar, al escribir Pablo a los corintios que «Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor, porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena» (1 Cor 11:20-21), su instrucción supone que cada vez que los cristianos se reunían como iglesia lo hacían para comer la cena del Señor.

Algunos documentos de los dos primeros siglos confirman esta conclusión. Como ya vimos en otro artículo, la Didaché es un manual de instrucción cristiana que data de finales del primer siglo, cuando todavía quedaban unos pocos apóstoles vivos. La Didaché enseña lo siguiente con respecto a la cena del Señor: «Cuando os reuniereis en el domingo del Señor, partid el pan, y para que el sacrificio sea puro, dad gracias después de haber confesado vuestros pecados» (Didaché 14). Por lo menos, los cristianos que seguían la instrucción de la Didaché, probablemente cristianos sirios, celebraban la cena del Señor todos los domingos como una tradición apostólica.

La apología de Justino Mártir fue escrita alrededor del año 150. Este documento temprano también presenta la cena del Señor como una celebración semanal: «Y en el día que llaman del Sol [es decir, el domingo] se reúnen en un mismo lugar los que habitan tanto las ciudades como los campos para leer los comentarios de los apóstoles o los escritos de los profetas por el tiempo que se puede. Después, cuando ha terminado el lector, el que preside toma la palabra para amonestar y exhortar a la imitación de cosas tan insignes. Después nos levantamos todos a la vez y elevamos nuestras oraciones; y, como ya hemos dicho, en cuanto dejamos de orar se traen el pan, el vino y el agua, y el que preside hace con todas sus fuerzas las oraciones y las acciones de gracias, y el pueblo aclama Amén». Consecuentemente, no sólo los sirios que seguían la enseñanza de la Didaché, sino también los cristianos que Justino describe, probablemente romanos, celebraban la cena del Señor semanalmente.

Estos pasajes de Didaché y la apología de Justino representan lo que encontramos en otros documentos de los primeros siglos. El resultado de todo esto es que si nuestras iglesias desean ser fieles a la enseñanza y la tradición apostólica, éstas deben celebrar la cena de Señor todas las semanas.

Los beneficios de hacer esto son incalculables. La celebración semanal de la cena del Señor cultiva un corazón de gratitud. Después de todo, la celebración siempre debe empezar con acción de gracias, como las Escrituras lo indican: «el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió» (1 Cor 11:23-24). Por esto mismo es que la cena empezó a llamarse «eucaristía»––que significa acción de gracias––desde muy temprano.

Otro beneficio de la celebración semanal de la cena es que nos recuerda constantemente el motivo de gratitud más de todos: la muerte del Señor Jesucristo para el perdón de nuestros. El centro de la iglesia no es nada que tú o yo hagamos por Dios, sino lo que Dios hizo por nosotros a través de su Hijo unigénito.

Un tercer beneficio de la celebración semanal de la cena es que nos recuerda constantemente que nuestra esperanza no se encuentra en este mundo sino en el que vendrá. Como escribió el apóstol Pablo, «todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga» (1 Cor 11:26).

¡El Señor Jesucristo regrese pronto, y encuentre a una iglesia fiel a sus enseñanzas!

 

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