Clemente de Roma, pt 1: la responsabilidad mutua entre iglesias

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Clemente fue uno de los líderes de la iglesia romana de finales del primer siglo. Algunos autores cristianos en siglos posteriores lo identificarían como uno de los primeros obispos de Roma, pero el único escrito que se atribuye a Clemente presenta una estructura en la que  la iglesia en cada ciudad era dirigida, no por un solo obispo, sino por una pluralidad de presbíteros o ancianos (I Clemente 40-44). Por otro lado, la colección de visiones llamada El Pastor de Hermas, compuesta en Roma a finales del primer siglo, establece que el deber de Clemente era enviar escritos de parte de la iglesia romana a ciudades extranjeras (Visión 2.4.3). Por lo tanto, parece que Clemente era un presbítero de la iglesia romana que servía como una especie de secretario de relaciones exteriores. Esto nos ayuda a entender por qué la Carta de Clemente a los corintios, el único escrito que parece provenir de Clemente, empieza de la siguiente manera:

La Iglesia de Dios que reside en Roma a la Iglesia de Dios que reside en Corinto, a los que son llamados y santificados por la voluntad de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Gracia a vosotros y paz del Dios Todopoderoso os sea multiplicada por medio de Jesucristo.

Como “secretario” de la iglesia romana, Clemente escribe la carta, no en nombre propio como único obispo, sino en nombre de toda “la iglesia de Dios que reside en Roma.”

¿Pero cuál fue el propósito de escribir a la iglesia corintia? Clemente escribió principalmente para exhortar a los corintios a que restauren el orden que habían perdido cuando un grupo de rebeldes rechazó el liderazgo de los presbíteros establecidos. Proponentes del papado nos dicen que la carta de Clemente demuestra que desde el inicio de la iglesia, la comunidad romana tenía el derecho, como iglesia principal, de intervenir en los asuntos de otras iglesias. El primer problema con esta propuesta es que la propia carta de Clemente no se expresa en ningún tono dominante, sino que ofrece una exhortación fraternal. El segundo problema es que, después de estos sucesos, cuando la iglesia romana por fin estableció un solo obispo, líderes cristianos fuera de Roma le escribirían exhortaciones similares al propio obispo de Roma. La exhortación de Ireneo de Lyon a Victor de Roma a finales del segundo siglo es un buen ejemplo (Eusebio, Hist. Ecl. 5.24.11-18).

Por lo tanto, en vez de interpretar la carta de Clemente como una expresión del poder papal, es mejor leerla como un ejemplo de la conciencia de cuidado mutuo que las iglesias primitivas poseían. En otras palabras, si una iglesia tenía un problema, no era el problema de esa iglesia solamente, sino de toda la iglesia. Por ende, iglesias vecinas, especialmente las más influyentes como la iglesia romana, debían tomar la iniciativa en ayudar a sus iglesias hermanas a solucionar sus problemas. Como diría Pablo, “si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él” (1 Cor. 12:26 RV60).

¿Qué pasaría si todas las iglesias evangélicas practicásemos este principio de cuidado mutuo, sin importar las diferencias denominacionales?

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