La regla de la fe

Desde el inicio de la iglesia, los cristianos nos hemos definido por la fe que confesamos: “Ésta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Rom. 10:8-9 RV60). Los credos o confesiones de fe más famosos de la historia de la iglesia se formularon en el cuarto siglo, pero mucho antes de estos famosos credos, la iglesia ya apelaba a la regla de la fe.

La regla (regula en latín; kanon en griego) era el término que usaban los cristianos de los primeros siglos para referirse a la confesión de fe más básica de la iglesia. Este resumen doctrinal debía guiar todo lo que los creyentes creían y practicaban, incluso cómo interpretaban las Escrituras. De ahí el nombre de regla: ella regulaba o controlaba la creencia, enseñanza y práctica de la iglesia. Todo lo que los cristianos pensaban, decían y hacían debía ser consonante con la regla. La regla también ayudaba a las iglesias a identificar comunidades hermanas. Por otro lado, la iglesias rechazaban a toda persona o grupo que tuviera creencias o prácticas contrarias a la regla. La regla era, por decirlo así, un compás para toda la vida.

Interesantemente, aunque los cristianos de diferentes partes compartían el concepto de la regla, no había una sola fórmula que todos usasen, probablemente porque no había un medio de imponer tal cosa en los primeros siglos del cristianismo. Por otro lado, cada maestro elaboraba ciertas partes de la regla según su necesidad, especialmente para combatir falsas doctrinas. De todas formas, al comparar las diferentes formulaciones de la regla, podemos ver que existía un consenso impresionante entre los cristianos a través del imperio romano.

El contenido de la regla parece seguir la fórmula trinitaria en que los nuevos creyentes eran bautizados (Mat. 28:18-20). En otras palabras, la regla afirmaba lo que la iglesia creía acerca de cada uno de los miembros de la Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Desde esta perspectiva, podríamos decir que la regla era la manera en que los primeros cristianos entendían el evangelio, el mensaje que se debía aceptar para ser parte de la iglesia de Cristo. A continuación podemos ver dos muestras de la regla en las propias palabras de algunos de los maestros más destacados de los siglos segundo y tercero. Al leer los siguientes ejemplos, sería útil notar los paralelos de la regla con la predicación de los apóstoles presentada en el Nuevo Testamento (Hechos 2, 3, 10, 13, 17; 1 Cor. 8:6; 15:1-11;  1 Tes. 1:9ss). 

Ireneo, discípulo de Policarpo, quien a su vez fue discípulo del apóstol Juan, escribe cerca al año 180 en su tratado Demostración de la predicación apostólica (6):

He aquí la regla de nuestra fe, el fundamento del edificio y la base de nuestra conducta: Dios Padre, increado, ilimitado, invisible, único Dios, creador del universo. Éste es el primer y principal artículo. El segundo es: el Verbo de Dios, Hijo de Dios, Jesucristo nuestro Señor, que se ha aparecido a los profetas según el designio de su profecía y según la administración dispuesta por el Padre; por medio de Él ha sido creado el universo. Además al fin de los tiempos para recapitular todas las cosas se hizo hombre entre los hombres, visible y tangible, para destruir la muerte, para manifestar la vida y restablecer la comunión entre Dios y el hombre. Y como tercer artículo: el Espíritu Santo por cuyo poder los profetas han profetizado y los padres han sido instruidos en lo que concierne a Dios, y los justos han sido guiados por el camino de la justicia, y que al fin de los tiempos ha sido difundido de un modo nuevo sobre la humanidad, por toda la tierra, renovando al hombre para Dios.

Tertuliano, el primer gran autor cristiano en latín, escribe cerca al año 200 en su tratado Prescripciones contra todas las herejías (13):

Esta regla de fe es lo que prescribe la creencia de que hay un solo Dios, y que Él no es otro que el Creador del mundo, que produjo todas las cosas de la nada a través de su propia Palabra, quien fue lo primero emitido; que esta Palabra se llama su Hijo, y, bajo el nombre de Dios, fue vista de diversas maneras por los patriarcas, escuchada en todo momento en los profetas, finalmente descendió por el Espíritu y el Poder del Padre en la Virgen María, se hizo carne en su vientre y, habiendo nacido de ella, se presentó como Jesucristo; desde entonces predicó la nueva ley y la nueva promesa del reino de los cielos, obró milagros; crucificado, resucitó al tercer día; habiendo ascendido a los cielos, se sentó a la diestra del Padre; envió, en lugar de sí mismo, el poder del Espíritu Santo para guiar a los que creen; vendrá con gloria para llevar a los santos a disfrutar de la vida eterna y las promesas celestiales, y para condenar al malvado al fuego eterno, después de la resurrección de estas dos clases, junto con la restauración de su carne. Esta regla, como se probará, fue enseñada por Cristo y no plantea entre nosotros más preguntas que las que presentan las herejías y que hacen que los hombres sean herejes.

La regla de la fe nos ayuda a los evangélicos a identificar las creencias más básicas y fundamentales que la iglesia ha defendido desde su inicio. La regla también nos recuerda que estas creencias deben ser el centro de nuestra propia enseñanza y práctica hoy y siempre: la fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu debe guiar todas nuestras ideas y prácticas. Por último, la regla nos motiva a unirnos a otras comunidades que comparten la misma fe.

¿Qué otra lección podríamos aprender los evangélicos de la regla

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